Hoy era el día en el que Hércules y sus hermanos jugarían su primer partido de fútbol. Hércules quería ser el ganador, por lo que sin ser visto cambió el balón por otro mágico.
Cuando Hércules consiguió la pelota, la lanzó con ímpetu, dispuesto a marcar un gol.
Sin embargo, tantas eran sus fuerzas que la pelota subió y subió hasta quedarse en un sitio muy lejano.
Su padre, que era testigo de todo el espectáculo, se enfadó tanto que castigó a Hércules haciéndole ir hasta allí cada veintiocho días a limpiar la pelota hasta quedar radiante de nuevo.

