domingo, 7 de marzo de 2021

Supervivientes

 

Me encuentro en una casa, cerca de la costa, estoy de vacaciones. En mis 20 años de vida, esta es la primera vez que puedo “descansar”. Pero no estoy bien. Siento la carga del aire, que me impide respirar. Decido bajar a la playa, y descubro un oasis, sin agua, lleno de basura, más de la mitad son mascarillas.

Cuando era pequeña, mis padres me contaban que el mundo había sido diferente. No como en su origen, pero tampoco como es ahora. Me es difícil imaginar esas épocas, menos aún el futuro.

He de decir que nunca he salido de mi casa, la mayor parte de mi vida la he pasado sentada en mi escritorio. Tuve una infancia sin juegos, ni diversiones. Jamás llegué a conocer un instituto, sin relaciones directas. Todo fue por las pantallas, y no me di cuenta de cómo había sido hasta hace unos días, cuando todo terminó. Me alegré del anuncio que pusieron en la televisión de que habíamos vencido al problema.

Mis padres murieron hace algunos años, el virus entró a sus cuerpos, en ese momento la enfermedad era letal. Los hospitales se habían negado a ver a los enfermos, por el alto riesgo al contagio.

Mis padres, al igual que muchos otros, quisieron que viviera aislada en mi cuarto, así que no llegué a contagiarme. Y eso me hace pensar, ahora que estoy aquí, de qué me sirvió. Aprendimos, de la peor manera posible,  que lo que más valor tenía era la familia. Aunque yo me quedé sin la mía.

No tuve tiempo de despedirme de mi madre, a la que más cariño tenía, ni de mi padre, quien me enseñó cosas que nunca podré hacer.

Decido no perder la esperanza, buscar a supervivientes por las casas. Poco a poco voy reuniendo a las suficientes personas como para hacer lo que nuestros padres debieron hacer en un principio: ser parte activa de la solución y no bajar nunca la cabeza, menos ocultarse del mundo.

Empezamos por quitar todos los residuos de la playa. Nos llevó un tiempo considerable, pero cada vez somos más en esta tarea.

Pasa el tiempo, y vamos reclutando a más personas hasta que ya somos un grupo notable.

Nos deshacemos de los aparatos que dañan nuestro hogar, hasta regresar a la época que está en nuestros genes, pero no en nuestras vivencias. Somos supervivientes.

¿Es la libertad una ilusión?

 

Muchas personas afirman que son libres. Otras, que aún no lo son. Y una gran parte de seres humanos no se ha planteado esta cuestión, ya que viven enajenados mentalmente, como en el mito de la caverna.

Varias veces creemos ser libres por ignorancia. No elegimos libremente lo que queremos hacer, sino que obramos según una serie de factores.



Para empezar vamos a definir este término. Entendemos por libertad la capacidad de una persona para poder elegir entre varias opciones sin condicionamiento alguno.

Entonces, ¿diríamos que somos libres si nos preguntan blanco o negro, y podemos elegir una de las dos opciones? En este caso no estaríamos siendo realmente libres, ya que entre el blanco y negro hay muchas otras elecciones y la pregunta nos condiciona la respuesta.

La libertad humana no es real, porque si bien somos libres de decidir según nuestra razón; nuestras decisiones, aunque no nos demos cuenta, están condicionadas por factores diferentes en los que no podemos intervenir.

Una doctrina filosófica que apoya nuestro argumento es el determinismo, que se asienta fundamentalmente en el principio de causalidad. Todo sucede por una causa. No solo en el universo, sino en las personas, ya que llevamos nuestros comportamientos prefijados en nuestros genes y hacen que la libertad sea una ilusión.

Los hombres se equivocan al creerse libres, nos dice Spinoza, cuya idea fundamental es que el ser humano no es libre. No elegimos libremente lo que queremos hacer, puesto que no nos damos cuenta de que las causas nos determinan.

Nosotros no podemos ser libres cuando, por ejemplo actuamos según lo que queremos mostrar a la sociedad. Cada vez son más las personas que actúan dependiendo de ser aceptadas por un grupo. Actuamos bajo una presión social que nos enmarca en ciertos patrones que al final impiden nuestra libertad, de igual manera que la cultura también nos impone una manera de proceder.

La libertad queda relegada por las apariencias, el miedo y “las buenas costumbres”.

Otro ejemplo que podemos poner para afirmar que no tenemos libertad es que nacemos con una nacionalidad determinada. Aunque queramos cambiarla, siempre seremos de ese lugar, con lo que esto implica, ya que si nacemos en un tercer mundo nuestra libertad es más reducida. La educación, la salud y la supervivencia prevalecen antes que la libertad.

Siguiendo nuestro argumento, un factor que impide la libertad es el dinero. Este factor también está relacionado con las apariencias, puesto que creemos que mientras más dinero tengamos seremos más aceptados por la sociedad, o incluso, tendremos prestigio.

Pero no es así. El dinero nos hace peores personas. Más codiciosos, más envidiosos si no lo sabemos emplear adecuadamente.

El pensamiento es otro medio por el que podemos ser víctimas de la pérdida de nuestra libertad, como con la publicidad. Vemos en la televisión un producto que nos venden como lo mejor del mundo, y queremos comprarlo. Así empieza un círculo vicioso de nunca acabar que logra que nos volvamos consumistas y compremos cosas que no necesitamos. La publicidad también hace que sigamos patrones determinados, perdiendo nuestra libertad.



En definitiva, por todos ejemplos expuestos anteriormente, queda claro que nuestra libertad está condicionada y en la mayoría de los casos, ni siquiera somos conscientes de ello.