Estaba muy emocionada porque por fin iba a cumplir mi sueño: viajar en un avión de dos plantas. Y aunque el destino no fuera uno de mis preferidos, estaba en el aeropuerto como siempre: mirando boquiabierta los aterrizajes, despegues, los aviones.
Aún no consigo entender cómo es que las personas no se paran a observarlos y admirarlos. Siempre con prisa, perdiéndose semejantes maniobras.
-Algún día, me dije, pilotaré un avión. Pero eso será en mucho tiempo.
La cuestión es que en ese momento, me dirigía a la China. El viaje fue genial. Lo mejor eran las mariposillas en el estómago cada vez que el avión subía y bajaba.
La China era un monstruo gigante, y el idioma era tan feo que era mejor ni mirar los carteles. El día que llegamos era festivo, por lo que no había mucha gente en el aeropuerto.
Sin saberlo, celebramos allí el año nuevo chino, y la verdad, sabiendo cómo sería la comida, traje algunos aperitivos desde casa, ¡pero guardadme el secreto!
Era el año del falso gato, así que habían gatos por todas partes. Me regalaron uno blanco y negro. Era muy feo, con los ojos achinados.
Ay con los gatos, están hasta en la china!!!
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