domingo, 18 de septiembre de 2022

Los sueños de vapor



Cada mañana, subía al tren de vapor para revisar que todo estuviera en orden. Como siempre, encontraba algún billete del día anterior que se le había pasado a las limpiadoras. Aunque ellas normalmente realizaban un estupendo trabajo, todos los días había un objeto olvidado entre los asientos. Un billete o una pertenencia que había dejado alguno de los pasajeros.

Hoy, sin embargo, la situación era completamente diferente. Los olvidos de los pasajeros eran las menores de mis preocupaciones.

Durante todo el año habíamos tenido la compañía de escasos viajeros, pero en breve la situación iba a cambiar. Esta mañana había comenzado el verano, lo que significaba que tendríamos a muchas más personas que antes.

Un silbido me alertó que ya estábamos por llegar a la estación, así que me preparé para recibir a los viajeros. Como había previsto, en la estación no cabía ni un alfiler. Las puertas se abrieron y fueron entrando los primeros. Poco después, empezaba con la revisión de los billetes.

-Oh, mamá. ¡Estoy tan feliz! ¡Es mi primer viaje! - dijo una niña entregándome su boleto.

-¡Qué bien! ¿Cómo te llamas, pequeña?

-Soy Andrea.

-Yo soy Manuel. Mucho gusto. Bienvenida. Disfruta de tu viaje. - le dije con una sonrisa.

Como Andrea, todos entraban ilusionados. Es por ello que elegí este trabajo. En él veo a las familias que comienzan una vida nueva en otra ciudad, a los solitarios, que viajan por gusto, y a aquellos, que anhelan un encuentro.

Cuando los pasajeros se sentaron, tuve que ir revisando que todo se hallara en orden.

En el segundo vagón, se encontraba la señora Juana, que, como cada lunes, ya sea verano o invierno, tomaba el tren con destino a Madrid para visitar a su esposo, caído en combate. Después de conversar con él, contándole lo que había pasado durante la semana y poner unas cuantas flores en su tumba, regresaba a casa en el tren del día siguiente.

-¿Qué tal está, Juana?- le pregunté.

-Igual que el lunes pasado.

-Ahora le traigo su pasatiempo. A Juana le encantaba leer mientras viajaba, así que le entregaba el periódico que compraba exclusivamente para ella el día anterior. Además de informarse de lo sucedido, se entretenía con la última sección, que incluía una sopa de letras de dos páginas. Es por ello que llamaba al periódico “pasatiempo”.

En el tren, solía escuchar algunas conversaciones. Generalmente, eran de ilusión por el viaje.

En determinadas circunstancias, los pasajeros expresaban sus deseos. En su mayoría, unas vacaciones de ensueño.

Poniendo un poco el oído, entendía varios tipos de planes de verano: pasear por la ciudad; visitar los lugares emblemáticos de Madrid; asistir a una corrida de toros; o, simplemente, ir a visitar a la familia.

Era eso lo que todos los pasajeros tenían en común: en el tren hablaban de sus sueños, envolviendo el ambiente de ilusión.

Aunque no todos los sueños eran iguales, los manifestaban en sus asientos, y charlaban con sus compañeros de viaje sobre ello.

Otras conversaciones, sin embargo, eran muy significativas. Aunque no estaban presentes diariamente, en ocasiones, las había.

Y hoy era el caso. En el último vagón, se encontraba Andrea, la niña con la que había hablado previamente.

Normalmente, escuchaba conversaciones sin quererlo, y esta fue la ocasión.

Ella y su madre estaban sumergidas en una intrigante charla. Para poder oírla mejor, me paré junto a un pasajero, y fingí estar revisando su asiento.

-Sí, hija. Por fin podrás ver a tu papá.

-Lo estoy deseando. Hace tanto tiempo que no me llegan sus cartas…

-Verás, le va a gustar que vayamos a visitarlo de sorpresa.

Entonces, mi curiosidad no pudo más, e interrumpí el diálogo.

-Hola Andrea, perdón por escuchar la conversación. ¿A qué se dedica tu padre? -curioseé.

-Es soldado. Lleva mucho tiempo sin enviarnos una misiva. Supongo que es porque ha estado muy ocupado. Pero ahora vamos a verlo. Le daremos una sorpresa.

-Cómo me alegro. Espero que disfruten.

-Gracias. – contestaron al unísono.

Volví al vagón principal, para darle a Juana su revista, pensando en cómo sería ese reencuentro.

Después de un largo trayecto, un silbido me alertó de que ya estábamos llegando a Madrid, y me tocó decir por cada vagón:

-Estimados pasajeros, este es el final del trayecto. Por favor, permanezcan en sus asientos.

Este era el típico momento en el que, los pasajeros, en lugar de estar en silencio, guardando la calma, comenzaban a gritar y a revelar sus ganas por salir.

Al menos, no se levantaron todos a la vez. Incluso, algunos permanecieron sentados, lo cual era todo un logro que tenía que comentar a mi supervisor, ya que solían levantarse todos de golpe.

Cinco minutos después, ya se podía ver la ciudad al completo, y unos minutos más tarde, llegábamos a la estación.

A decir verdad, esta era la parte que menos me gustaba. Como debía estar en todo momento de pie, llevaba bastante mal cuando el tren frenaba. Mis amigos me decían que terminaría acostumbrándome, pero, después de 40 años entre raíles, puedo decir que jamás me acostumbraré.

Bueno, pasado el mal momento, agrandado por la multitud de pasajeros, estos fueron bajando, y en cuestión de no más de un minuto, el tren estaba completamente despejado.

O eso pensaba, puesto que, al terminar el recorrido comprobando que estaba vacío, vi a Andrea y a su madre. La primera, tenía el rostro rojo, lágrimas y un montón de pañuelos a su alrededor.

-Disculpen, pero tienen que bajar del tren. -les recordé.

-Manuel, ¿y si mi padre no está vivo? -susurró entre sollozos.

-No pienses así.

-¿Por qué no me ha escrito?

-Tú misma lo dijiste. Mucho trabajo.

-Hubiera avisado. Yo soy su pequeña. – dijo, sacándome una sonrisa.

-Te diré algo. La vida es como este tren.

-¿En serio?

-¡Claro! Va así de rápido. Es una línea recta que a veces puede tener curvas. Tiene paradas, un inicio y un final de trayecto. Por ello, ¿qué estás haciendo aquí! No tienes tiempo que perder. No seas negativa, y veas las cosas de la peor manera.

-Sí, tienes razón. ¡Ahora nos vamos! ¡Gracias, Manuel!

-De nada, Andrea. Aquí me encontrarás. Para mí, hay muchas vidas.

-¿Por qué?

-Porque hago todos los días el mismo recorrido. Al terminarlo lo vuelvo a hacer.

Era una especie de metáfora. Ahora, ¡date prisa y sorprende a tu papá!

-Muchas gracias, Manuel. -dijo la madre de Andrea, mientras esta se iba.- A veces no sé cómo animarla.

-Descuide. Dense prisa.

-¡Adiós!

-¡Buen viaje de vuelta!

Una semana más tarde, al llegar a la estación de Madrid, vi a Andrea y su familia.

Esta vez, les acompañaba su padre.

-Así que este es tu padre. -le dije a Andrea.

-Tenías razón.

-¿Sobre qué exactamente?

-Sobre lo que dijiste de que la vida se pasaba muy rápido. Le conté eso a mi padre, y se tomará las vacaciones que merecía. Ahora todos estamos intentando estar el mayor tiempo juntos.

-Te daré otro consejo. -le dije con un matiz de misterio.

-¡Cuéntame!

-Ten grandes sueños de vapor.

-¿Qué es un sueño de vapor?

-Es aquel que no dura nada. Que se evapora.

-¿Me das un ejemplo?

-A ver… ¡Lo tengo! Por ejemplo, ir de vacaciones. Llevas mucho tiempo queriendo ir, mas es algo que no dura ni un momento. Lamentablemente, todos los sueños son de vapor, porque se evaporan en cuanto los consigues. Por ello, ten millones de metas, de sueños, y a pesar de que sean de vapor, irás de uno a otro.

-¡Qué buen consejo! Sueños de vapor. Jamás lo había escuchado. - dijo el padre de Andrea.

-Intentaremos aplicarlo. Gracias.

-No es nada. Siéntense. Yo vendré en un rato a verlos.

Cuando Manuel regresó con el fin de charlar con la familia, los vio tan unidos, que no quiso interrumpir.

En este tiempo, había aprendido a aceptar aquello que le viniera. Pero siempre tuvo el sueño de tener una familia. Como él mismo dijo, fue de vapor.

Pero digamos que eso era ya otra historia.




lunes, 12 de septiembre de 2022

Gatos bailando

 

Unos acordes resonaban en la oscura noche. Cualquiera que saliera a esas horas podía percatarse del contraste entre el silencio de la calle y la dulce melodía que invadía al pequeño pueblo del sur de Londres. 

Mientras que el pueblo dormía, las notas acompañaban al baile gatuno que los mininos estaban celebrando aquella noche. 

Los gatos estaban felices porque cada noche celebraban que se estaban aprovechando de los humanos. Sin embargo, los animalitos se asustaron al ver a un humano.

-¿Quién es este? -dijo el líder. 

-Ni idea. No creo que nos de problemas. Pero miradlo, ni puede dar un paso. 

Y es que el humano estaba sonámbulo. 

-Ya vuelve a su casa.- dijeron mientras este daba media vuelta y regresaba. 

Y los gatitos continuaron bailando junto al humano, el cual no duró mucho de pie, ya que en un momento se acurrucó en una silla y continuó durmiendo. 



viernes, 2 de septiembre de 2022

Comunicado

 

Lastimosamente, tengo que decirles que Corazón de plebeya no saldrá a la venta.

Cuando tenga todos los libros escritos, publicaré la saga completa.

Nos vemos pronto con nuevos relatos.

❤  ❤ 🌺⚘🎀