Se avecinaba la partida,
y por tanto la despedida,
que por cierto, no era muy querida.
Lejos estaba de terminar,
acababa justo de empezar,
todo a causa del azar.
Mas pronto iba a volver,
eso tenía que saber,
para así no entristecer.
"Las palabras se las lleva el viento. Lo único que perdurará serán los escritos. Por eso aquí te dejo los míos"- Sarah García
Se avecinaba la partida,
y por tanto la despedida,
que por cierto, no era muy querida.
Lejos estaba de terminar,
acababa justo de empezar,
todo a causa del azar.
Mas pronto iba a volver,
eso tenía que saber,
para así no entristecer.
Juan comenzaba su primer día de escuela. Se sentía muy
emocionado, ya que era de los pocos que poseía el privilegio de poder ir a la
escuela de la señorita Joyce.
-Pórtate bien, y aprende muchas cosas con la señorita.- se
despidió su madre.
-Sí, mamá.
La jornada se terminó horas después, y ahora Juan tenía algún
conocimiento nuevo de cálculo y de letras.
Al salir, no estaba su madre, así que tuvo que esperarla. Entonces
alguien se le acercó. Era un chico de su edad, vestido con harapos y carecía de
zapatos. Ese detalle lo impresionó, porque significaba que era pobre y que no
podía ir a la escuela.
-Hola, ¿cómo te llamas?- dijo el extraño.
-Soy Juan.
-Yo Andrés. ¿Quieres ser mi amigo?
Y desde ese día salían juntos a la escuela, aunque Andrés volvía
a su casa después, pasaban un rato jugando a las canicas y hablando. Se hicieron
muy buenos amigos.
Un día, la madre de Juan llegó antes de que pudiera reunirse
con su amigo. Sin embargo, Andrés se acercó a saludarlo.
-Juan, deprisa, vamos.- regañó su madre. Cuando se alejaron
le dijo: -¿es ese acaso tu amigo?
-Sí, mamá.
-Te prohíbo que vuelvas a hablar con él. No es de nuestra
clase.
Al día siguiente, Andrés se acercó cuando Juan iba de camino
a la escuela.
-Lo siento, mi mamá ha dicho que no puedo hablar más
contigo.
-Oh… yo quería contarte algo. Estoy muy enfermo. -tosió- Mi
mamá dijo que no hay cura. Pronto me iré. Pero… has sido muy bueno conmigo. Gracias.
Nunca tuve un amigo.- salió corriendo sin despedirse.
Pasaron meses, y Juan perdió la esperanza de volver a ver a
su amigo. Supuso que las palabras de Andrés se habían hecho realidad. Sin
embargo, siempre conservó en su corazón el recuerdo de aquel amigo especial que
una vez tuvo.
El cambio estacional,
no era normal,
sin embargo, era internacional,
no había ningún caudal,
daba pena observar aquel nogal,
que en su territorio natal,
era ahora mortal,
para encontrar la solución no había un manual,
era una crisis eternal,
para curarlo se necesitaba una lluvia torrencial,
pero no anual,
sino semanal,
que fuera natural,
y que aportara ayuda existencial.