lunes, 18 de septiembre de 2023

El amigo descalzo

 

Juan comenzaba su primer día de escuela. Se sentía muy emocionado, ya que era de los pocos que poseía el privilegio de poder ir a la escuela de la señorita Joyce.

-Pórtate bien, y aprende muchas cosas con la señorita.- se despidió su madre.

-Sí, mamá.

La jornada se terminó horas después, y ahora Juan tenía algún conocimiento nuevo de cálculo y de letras.

Al salir, no estaba su madre, así que tuvo que esperarla. Entonces alguien se le acercó. Era un chico de su edad, vestido con harapos y carecía de zapatos. Ese detalle lo impresionó, porque significaba que era pobre y que no podía ir a la escuela.

-Hola, ¿cómo te llamas?- dijo el extraño.

-Soy Juan.

-Yo Andrés. ¿Quieres ser mi amigo?

Y desde ese día salían juntos a la escuela, aunque Andrés volvía a su casa después, pasaban un rato jugando a las canicas y hablando. Se hicieron muy buenos amigos.

Un día, la madre de Juan llegó antes de que pudiera reunirse con su amigo. Sin embargo, Andrés se acercó a saludarlo.

-Juan, deprisa, vamos.- regañó su madre. Cuando se alejaron le dijo: -¿es ese acaso tu amigo?

-Sí, mamá.

-Te prohíbo que vuelvas a hablar con él. No es de nuestra clase.

Al día siguiente, Andrés se acercó cuando Juan iba de camino a la escuela.

-Lo siento, mi mamá ha dicho que no puedo hablar más contigo.

-Oh… yo quería contarte algo. Estoy muy enfermo. -tosió- Mi mamá dijo que no hay cura. Pronto me iré. Pero… has sido muy bueno conmigo. Gracias. Nunca tuve un amigo.- salió corriendo sin despedirse.

Pasaron meses, y Juan perdió la esperanza de volver a ver a su amigo. Supuso que las palabras de Andrés se habían hecho realidad. Sin embargo, siempre conservó en su corazón el recuerdo de aquel amigo especial que una vez tuvo.



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