Juan comenzaba su primer día de escuela. Se sentía muy
emocionado, ya que era de los pocos que poseía el privilegio de poder ir a la
escuela de la señorita Joyce.
-Pórtate bien, y aprende muchas cosas con la señorita.- se
despidió su madre.
-Sí, mamá.
La jornada se terminó horas después, y ahora Juan tenía algún
conocimiento nuevo de cálculo y de letras.
Al salir, no estaba su madre, así que tuvo que esperarla. Entonces
alguien se le acercó. Era un chico de su edad, vestido con harapos y carecía de
zapatos. Ese detalle lo impresionó, porque significaba que era pobre y que no
podía ir a la escuela.
-Hola, ¿cómo te llamas?- dijo el extraño.
-Soy Juan.
-Yo Andrés. ¿Quieres ser mi amigo?
Y desde ese día salían juntos a la escuela, aunque Andrés volvía
a su casa después, pasaban un rato jugando a las canicas y hablando. Se hicieron
muy buenos amigos.
Un día, la madre de Juan llegó antes de que pudiera reunirse
con su amigo. Sin embargo, Andrés se acercó a saludarlo.
-Juan, deprisa, vamos.- regañó su madre. Cuando se alejaron
le dijo: -¿es ese acaso tu amigo?
-Sí, mamá.
-Te prohíbo que vuelvas a hablar con él. No es de nuestra
clase.
Al día siguiente, Andrés se acercó cuando Juan iba de camino
a la escuela.
-Lo siento, mi mamá ha dicho que no puedo hablar más
contigo.
-Oh… yo quería contarte algo. Estoy muy enfermo. -tosió- Mi
mamá dijo que no hay cura. Pronto me iré. Pero… has sido muy bueno conmigo. Gracias.
Nunca tuve un amigo.- salió corriendo sin despedirse.
Pasaron meses, y Juan perdió la esperanza de volver a ver a
su amigo. Supuso que las palabras de Andrés se habían hecho realidad. Sin
embargo, siempre conservó en su corazón el recuerdo de aquel amigo especial que
una vez tuvo.
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