Era una noche oscura y sombría. El viento se oía fuertemente, y se llevaba a las almas vacías, aquellas que eran tan ligeras como una pluma.
Las hojas bailaban, acompañando al silencio de aquel día de invierno. El viento frío las elevaba con gracia, llevándolas a un vals improvisado que llenaba el parque vacío de una extraña armonía.
Los árboles observaban este espectáculo con la serenidad de quienes han visto pasar incontables estaciones. En uno de los bancos de madera, cubierto por una delgada capa de escarcha, se sentaba una figura solitaria, envuelta en un abrigo grueso y una bufanda que casi ocultaba su rostro.
Era el director de la orquesta, quien decidía qué hojas caerían primero y en qué orden. Dirigía la naturaleza únicamente en invierno. Este misterioso guardián del invierno tenía el poder de orquestar la sinfonía de la estación fría. Cada giro del viento, cada copo de nieve que caía, todo estaba bajo su control. Nadie sabía de dónde venía ni adónde iba, pero siempre se ocultaba bajo las sombras en esta estación.
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