Los dioses griegos habían adoptado un perro y lo entrenaban como si fuera uno más.
En las montañosas alturas, se encontraba el campo de combate, pero ahora los dioses tenían otro afán.
Llevaban tantos años tanteando vsrias opciones y ahora iban a llevar a cabo aquella que parecía la más viable.
Habían creado un arco enorme y se disponían a lanzar al perro para cumplir con su misión y ver si la prueba era exitosa.
—¡Que el fuego de Helios reciba a este mensajero y que su viaje sea glorioso!
Con un gesto solemne, el mecanismo del arco se activó. Un estruendo sacudió la tierra cuando la flecha improvisada, con el perro como pasajero, fue liberada. Atravesó el aire con velocidad inusitada, ascendiendo en dirección al sol.
Entonces un águila enviada por Zeus se cruzó en su trayectoria y el perro cayó.
En el último instante, Apolo intervino. Un rayo de luz envolvió al animal, transformándolo en una constelación que brilló en el cielo.
Desde aquel día, los griegos miraban la estrella y recordaban la valentía del perro.

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