Llevaba meses ansioso por la llegada de su cumpleaños, y aún así, faltaban más de veinte días para el preciado día.
El reloj de arena no se movía, y la espera se hacía eterna. Se estaba desesperando cada vez más porque llegara su día.
Justo aquel día, su familia lo sorprendió inesperadamente con una tarta y un regalo de cumpleaños.
Comprendió entonces que el tiempo sí que volaba y que él mismo no se había enterado hasta entonces que la espera había terminado.









