Todo comenzó debajo de un grande olmo. Bueno, en realidad no era grande. Lo que pasa es que yo apenas tenía siete años, y claro, lo veía como un gigante.
Iba todas las tardes a sentarme bajo él, y aunque yo crecía él crecía diez veces más. Se encontraba en un parque cercano a mi casa, pero poca gente tenía la oportunidad de disfrutarlo como yo lo hacía.
Un buen día de esos, una niña que parecía tener mi edad se acercó y se sentó conmigo debajo del árbol. Desde entonces, ya no iba a visitarlo tan sola. Nos encontrábamos todos los días allí y charlábamos tan largo y tendido que nuestras madres venían y nos traían la cena, por miedo a que muriéramos de hambre.
Nos lo contábamos todo. Hacíamos también algunas veces fiestas de té, y solíamos jugar a trepar el árbol mientras íbamos creciendo.
Nuestra amistad, sin embargo, terminó unos años después cuando ella no vino un día.
Me enteré de que estaba muy enferma y nos había dejado. Lloré, mas siempre agradecí a aquel árbol por haberla cruzado en mi camino.
Para mí fue como la hermana que nunca tuve, por eso decidí enterrarla bajo el árbol.


