Misifús era un gato sumamente curioso. Cuando veía una puerta abierta, entraba para ver qué había en su interior. Su dueño siempre le decía que no fuera tan curioso, y aún así no le hacía caso.
Uno de esos días, su dueño encendió unas velas. Misifús estaba embobado por la luz de las velas y no se le ocurrió otra cosa que poner su patitas en el fuego. Se la quemó y empezó a lloriquear, pero su dueño no le obedeció porque ya se lo había advertido.
Sin embargo, Misifús siguió siendo curioso.

Sucede también con las personas.
ResponderEliminarJaja!!!
ResponderEliminarQué gracioso.
ResponderEliminarMisifús Misifús!
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