En una sencilla casita rodeada de olmos y flores rojas, vivía Walter, un conejo blanco de ojos verdosos.
Le gustaba saltar por los alrededores e ir en busca de compañeros. Muchas veces coincidía con Lupin, el rey de los conejos. Los años que tenía se igualaban a su ingenio, era el más inteligente del bosque y respetado por toda su especie.
Paseaba por la ribera, a unos minutos de su casa cuando se encontró con una ardilla.
-Hola, Walter. ¿Qué andas haciendo?
-Hola, Jennie. Aquí estoy, tratando de pasar el tiempo lo más entretenido posible.
-¿Qué te parece si jugamos a un juego? Debemos llegar lo más rápido posible al otro extremo del río.
-Me parece estupendo. Aunque con tu peso y tamaño es muy seguro que ganes.
-Aún así, lo que cuenta es la diversión.
-Estupendo. Entonces preparados, listos... ¡ya!
La ardilla y el conejo salieron corriendo hacia el agua y comenzaron a nadar lo más rápido posible.
Sin embargo, pese a todo pronóstico ambos llegaron al mismo tiempo.
-No ha ganado nadie, pero a la vez hemos ganado los dos. Enhorabuena. - dijo la ardilla.
-A ti también. Ahora tendremos que dar una vuelta para secarnos.
Y así fue como la ardilla y el conejo se fueron saltando y hablando sobre más formas de matar el tiempo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario