En los años anteriores a la espera de un trabajo, Ana entró a la escuela de medicina para tener más experiencia en el área de la veterinaria.
A Ana le fascinaban los animales y siempre que podía se acercaba al establo a darle de comer a los caballos.
En los recónditos alrededores campestres Ana pasaba la mayor parte de su tiempo. Sin embargo, en la escuela aprendía lo que jamás sabría si no lo estudiaba.
Ana corría por el campo cuando un sonido la hizo detenerse en seco. ¡Un balido desesperado! Corrió hacia el establo y encontró a una oveja en el suelo, respirando con dificultad.
—¡Tranquila, amiga! —dijo mientras se arrodillaba junto a ella.
Recordó lo que había aprendido en clase: cuando un animal se cae y no se levanta, hay que actuar rápido. Sin pensarlo dos veces, la ayudó a incorporarse, pero la oveja seguía inquieta.
—Vamos, tú puedes… —susurró, acariciando su lomo.
Buscó con la mirada y vio un balde con agua cerca. Lo acercó y mojó su hocico. La oveja la miró y, tras unos segundos que parecieron eternos, empezó a beber. Ana sintió que su corazón volvía a latir con normalidad.
Se quedó un rato observándola hasta asegurarse de que estaba bien. Al final, cuando la oveja se puso de pie y comenzó a caminar como si nada, Ana sonrió. Esa era su vida. Estaba destinada a ayudar a los animales

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