domingo, 16 de marzo de 2025

La princesa y el dragón

 

LA PRINCESA Y EL DRAGÓN 

En el reino de Altara habitaba la princesa Sabrina. Tenía los cabellos rojizos, enredados en una trenza para que no les molestaran en el ejercicio. De tez pálida y altura superior a la habitual, Sabrina se movía rápidamente, esquivando a su oponente. Ataviada con un traje de cuero negro y sus guantes de lucha, se disponía a desestabilizar a su oponente. Pillándolo desprevenido, le atestó el golpe que haría que cayera al suelo, convirtiéndose así en la ganadora. 

La princesa se marchó satisfecha, sabiéndose la mejor aspirante de su cuadrilla. Al llegar a su habitación, sin embargo, una tristeza que se había asentado en su alma volvió a resurgir. De nuevo, le llegó ese conocido pensamiento. 

"Puedo ser la mejor en todo, pero nunca tendré a nadie leal en mi vida". 

Y es que a Sabrina todos se le acercaban para estar en su círculo por ser princesa y tener las mayores riquezas de Altara. 

Sin embargo, hasta ahora no había encontrado ni a una sola persona que no la tratara como a cualquier otra persona del reino, sin adornos ni miradas envidiosas. 

Es por eso que cogió su capa y se escabulló del castillo. Corrió, aunque más lento de lo que le gustaría, por los campos que ahora estaban repletos de nieve, sin rumbo fijo. Cuando se cansó de caminar, pues no llevaba botas de montaña y sus pies pesaban por el esfuerzo que hacía por abrirse camino, se detuvo en una pequeña arboleda. 

Permaneció allí unos momentos, sumida en sus propios pensamientos hasta que un ruido extraño la sacó de sus cavilaciones. Dio un salto, perpleja, cuando se percató de que se había sentado en un huevo. La enorme esfera redondeada estaba comenzando a quebrarse y aparecieron dos pequeños cuernos y luego una cabecita. 

-Oh, ¡lo siento tanto! -dijo Sabrina. 

-No te preocupes, era ya mi hora y estaba deseando salir. 

-¿Puedes hablar?

-Pues claro, soy pequeño pero sigo siendo un temible dragón. 

-O mas bien uno adorable. 

Sabrina averiguó que estaba solo, así que decidió que ella lo cuidaría. Aunque era un dragón muy listo, aún no sabía nada del mundo y se lo llevó al castillo. A partir de entonces, ninguno estuvo nunca más solo, ambos se hicieron compañía y cuando Eddie se convirtió en un dragón adulto, fue nombrado protector oficial de la princesa.  



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